¿Hay garantías tras un choque de trenes?

Diego Palacio | Medellín | Publicado el 2 de diciembre de 2010

Decía el filósofo alemán Hegel que las verdaderas tragedias no resultan del enfrentamiento entre un derecho y una injusticia, sino que surgen del choque entre dos derechos. Por eso es urgente que el país haga un debate rápido, desapasionado y sereno sobre la relación de la Corte y del Ejecutivo del expresidente Uribe.

Sin lugar a dudas, el asilo en Panamá de la exdirectora del DAS, María del Pilar Hurtado, abrió una discusión a la que algunos se resisten, pero que es indispensable abordar: ¿Será que los funcionarios del gobierno del presidente Uribe, inmersos en procesos judiciales, tenemos las garantías que ofrece la Constitución?

Para nadie es un secreto que las relaciones entre la Corte Suprema de Justicia y el expresidente Uribe no eran precisamente idílicas. Los medios dieron cuenta de esas tensiones y así lo reflejaron durante mucho tiempo. Recordemos, si les parece, algunos de los muchos titulares: "Tensión entre las Altas Cortes y el Gobierno", ( El Tiempo 9 nov. 2009). "Pulso de poder", (portada de la revista Semana ). "A pesar de la gravedad de la crisis, sube la temperatura entre el Presidente y las Altas Cortes". En el artículo "Encrucijada de la democracia", en El Espectador del 14 de junio de 2009. Y en la portada de la revista Cambio del mismo año, aparecen enfrentadas las caras del expresidente Uribe y del magistrado Augusto Ibáñez, presidente de la Corte, bajo el título: "Sin árbitro. El choque de trenes entre el Gobierno y la Corte Suprema se agrava y no es claro quién puede detenerlo".

Si nos atenemos a estos titulares, es evidente que no existía una relación armónica entre ambos poderes y por lo tanto se puede deducir que tampoco existía ni existe la necesaria dosis de imparcialidad y serenidad que requiere el noble ejercicio de la justicia. Es más, muchos advertimos un apasionamiento preocupante por parte de algunos magistrados que puede oscurecer la contemplación de la verdad. Y me refiero, para ser más exacto, a las descalificaciones múltiples y a los diferentes episodios que dan muestra de la ausencia de imparcialidad.

Pongo como ejemplo el caso de la exdirectora del DAS y las palabras del presidente(e) de la Corte Suprema, magistrado Jaime Arrubla, quien salió recientemente en los medios de comunicación catalogando a la exfuncionaria como perseguidora al decir que "el asilo es para proteger a los perseguidos y no a los perseguidores". "Es absurdo buscar protección cuando ella no era la perseguida".

Y ¿qué hay de mi caso? ¿Cómo se podría interpretar el descontento nada disimulado de algunos magistrados por la tutela que falló a mi favor el Consejo Superior de la Judicatura? O ¿cómo se puede interpretar la investigación que desde hace varios meses enfrenta el Procurador por fallar en derecho en el caso de la yidispolítica?

¿Existen realmente garantías cuando hay un choque de trenes entre el Gobierno y la Corte Suprema de Justicia? ¿No será que tras ese choque lo que queda es un número significativo de heridos que no tienen las garantías para asegurar un proceso imparcial? Ojalá la academia y los organismos internacionales examinen muy de cerca semejante conflicto para responder a estas preguntas. Pero sin apasionamientos. Porque las pasiones, como decía Hegel, lo que hacen es oscurecer la contemplación de la verdad.

 

Y vean al ponderado Don Juan como se sale de la ropa en esta columna:

"¡Te pillé mirando!"

Juan Gómez Martínez | Medellín | Publicado el 3 de diciembre de 2010

Voy a imitar a Raúl Tamayo, no en su estilo ágil y ameno, pero sí en contar un cuento al principio que se le puede acomodar a otras circunstancias y personajes.

El esposo, en una pareja, era algo díscolo y enamorado, practicante por fuera del matrimonio. Una noche, el señor del cuento, se pasó para la alcoba de la empleada del servicio y estaban en lo mejor, o en lo peor, depende de cómo se mire, cuando apareció la señora en el escenario de los hechos. El señor se dirigió a su esposa en tono airado y con voz de regaño le dijo: "¡te pillé mirando!". Traído el cuento a hoy, vemos que el esposo infiel se adelantó a lo que ocurre con nuestra justicia: la esposa violó la privacidad de la empleada, la incursión en la alcoba no fue en horas hábiles de trabajo, no pidió permiso para hacer el allanamiento. La esposa salió regañada y con la carga de la culpa.

Eso está pasando en Colombia. Una Corte Suprema de Justicia que asiste a un acto social, invitados sus integrantes por un señor de no muy buena reputación, que reciben magníficos regalos del mismo después de pagarles el viaje en un avión fletado y de participar en una animada fiesta, según cuentan. Ahora acusan a los funcionarios de un organismo de investigación por haberlos descubierto en un hecho que los deja tan mal parados como al señor del cuento. Los que se pasaron al otro cuarto son los que ahora investigan y hacen el escándalo cuando los pillados fueron ellos. El delito es que se hicieron las chuzadas sin la autorización de los organismos investigados, como lo sucedido con la muchacha del servicio que no dio autorización alguna para que su patrona entrara.

Una justicia en calidad de "encargada", una justicia que ni siquiera cumple con la Constitución para elegir Fiscal General, una justicia que emite los juicios condenatorios antes de iniciarlos, como pasa con la exdirectora del DAS, una justicia a la que le falta nombrar miembros para garantizar los votos necesarios en sus decisiones, no puede ser una justicia confiable. Con razón, para protegerse de ella, se busca el asilo.

Lo he dicho muchas veces, lo que pasa con la justicia es más grave que lo que pasa con los grupos subversivos, a estos se les puede combatir con las armas del Estado, la justicia es una de las ramas del poder, independiente y sin control alguno.

Grave, también, que esta opinión es generalizada, lo dicen las encuestas, el pueblo colombiano, en su gran mayoría, no cree en la justicia. ¿Cuál podrá ser el futuro de Colombia con una justicia inoperante y politizada? Me preocupa esta opinión mía y de muchos compatriotas.

Se puede también aplicar el "te pillé mirando" a lo que ahora se está destapando con las misiones diplomáticas de los Estados Unidos. Un embajador no se nombra solamente para asistir a cocteles, que son muchos, su misión, además de representar a su presidente y a su país, es la de estar informando sobre todos los hechos en los que pueda haber algún interés de su gobierno. Recuerdo que cuando la prensa bogotana me tildaba a mí como amigo de los narcotraficantes y cuando hacía parte del gobierno de Ernesto Samper, el embajador de los Estados Unidos me invitó a su despacho para hacerme toda clase de preguntas sobre mí y sobre algún amigo que ocupaba otro cargo público, claro que informé a mi amigo de lo ocurrido. No creo que esta visita fuera solo para oírme y que ningún dato fuera enviado a su gobierno. Al lado del embajador estaba un escribiente que tomaba nota sin perder detalle. Cuando se tiene la conciencia tranquila esto no pasa de allí. El embajador tenía todo su derecho a ser informado y de disponer de esa información.